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Dentro del desastre migratorio más mortífero en la historia de Estados Unidos

Este artículo se elaboró ​​en colaboración con Texas Monthly. No se puede reproducir sin la autorización expresa de FERN. Si le interesa republicar este artículo, póngase en contacto con [email protected].

Los hermanos estaban empezando a dudar si sus traficantes los habían abandonado a su suerte. Por más de dos días, Begaí y Mariano Santiago Hipólito habían estado escondidos con unas dos docenas de inmigrantes en una abarrotada casa de seguridad en la ciudad fronteriza de Laredo. El único cuarto de la casa no contaba con muebles y apenas tenía el espacio suficiente para que todos se acostaran. No había donde bañarse y el único inodoro era repugnante. Las escasas porciones de comida y las cajas de agua embotellada que los traficantes les habían dado tenían tiempo de haberse acabado. Ansioso y confundido, Begaí empezó a bombardear a Mariano con preguntas. ¿Por qué estaban atorados ahí? ¿Qué tan lejos estaban de su destino final?

Mariano había estado una vez en Estados Unidos, casi una década antes, pero este no era para nada como el primer viaje. La primera vez que cruzó, no estaban los enjambres de delincuentes de cárteles en el lado mexicano de la frontera, y no había tenido que soportar un prolongado encierro en una escuálida y caliente casa de seguridad después de cruzar el Río Grande. Ahora, empapado en sudor, se había quitado su playera para abanicarse con ella. De vez en cuando, dejaba salir un suspiro.

“Tranquilo”, le dijo a Begaí. “Tranquilo”.

Los hermanos habían sido inseparables desde niños, así que cuando Mariano le dijo a Begaí que se iba a ir de su pueblo en el sur de México para encontrar trabajo en Estados Unidos, en parte para pagar las facturas médicas de su esposa enferma. Begaí a regañadientes estuvo de acuerdo con acompañarlo. Alto y delgado con una barba de candado bien recortada, Begaí, de 33 años, era el hermano mayor, más serio. Un año menor, Mariano era más fornido, y siempre buscaba cómo pasar un buen rato. Pero Begaí notó que el buen humor de su hermano estaba empezando a desmoronarse.

Era la mañana del 27 de junio de 2022. Los inmigrantes con los que compartían la vivienda habían llegado de varios lugares de México, Guatemala y Honduras. Había unos cuantos niños y algunas mujeres entre ellos, pero la mayoría eran hombres en la edad ideal para trabajar. Todos habían pagado exorbitantes cantidades — hasta $15,000 dólares — para ser transportados a EE. UU. Ahora estaban esperando a alguien que los sacara de la zona fronteriza fuertemente patrullada y rumbo a San Antonio, en donde el grupo se dividiría y los inmigrantes viajarían por separado.

Algunos iban hacia ciudades cercanas en Texas y otros se dirigían a sitios más lejanos como Tennessee y California. Muchos tenían planes para reunificarse con seres queridos a quienes no habían visto en años, padres, parejas románticas, hermanos, primos. Casi todos ellos habían dejado sus casas con la esperanza de encontrar un empleo. Algunos tenían una oportunidad de trabajo específica que los esperaba en su destino. Otros tomarían cualquier cosa que pudieran encontrar. Begaí y Mariano tenían familiares en Atlanta, en donde tenían planeado trabajar en la construcción.

Preocupados de que alguna persona de la localidad pudiera verlos y avisar a las autoridades, los traficantes habían prohibido a los inmigrantes salir de la casa de seguridad, no debían asomarse ni por unos minutos para respirar aire fresco. Su organización había perdido dos casas decomisadas por la policía local y la Patrulla Fronteriza a principios de ese mes. En Laredo ocurren redadas como estas todo el tiempo, a veces varias al día, que resultan en unos cuantos o en docenas de inmigrantes normalmente abarrotados en condiciones terribles. En la mayoría de los casos los operadores de las casas de seguridad escapan. En cuanto a los inmigrantes, estos son enviados de vuelta a México, pero muchos regresan a Estados Unidos después de unos cuantos días. De cualquier forma, las redadas son un costoso problema para los traficantes, quienes hacen todo lo posible para evitarlas.

Dentro del desastre migratorio más mortífero en la historia de Estados Unidos
Begaí Santiago Hipólito

Cuando un camión con caja blanca finalmente se presentó para recoger a los inmigrantes, Begaí y Mariano no se sintieron exactamente aliviados. Los hombres que los apresuraron a subir al camión usaban máscaras y gritaban órdenes, confiscaron sus teléfonos y las botellas de agua de algunos tuvieron que ser rellenadas con agua del lavabo. El área de carga del camión ya estaba llena de personas que habían estado quedándose en otro sitio. A pesar de sus dudas, los hermanos subieron y pronto el camión empezó a avanzar. Recorrieron cierta distancia traqueteando por unos diez minutos hasta que sintieron que el camión se detuvo. Cuando la puerta de atrás se abrió, vieron la parte posterior de un tráiler que se había acercado a la caja del camión. Sus puertas estaban abiertas, formando algo como un túnel entre los dos vehículos. Mientras avanzaban hacia el tráiler, Begaí dudó. “¿Qué probabilidad hay si no subimos?”, preguntó. “Ahí te quedas [en Laredo]”, respondió Mariano.

Fueron de los últimos en pasar al tráiler, y buscaron un lugar para sentarse en medio de la penumbra. Notaron una extraña combinación de olores, algo como un sazonador de alimentos mezclado con olores de más de cinco docenas de personas que habían estado viviendo en condiciones de inmundicia por días. Los hermanos se sentaron en contra de una de las paredes cerca de la parte media del tráiler.

Entre los rostros apenas iluminados a su alrededor estaba un trío de jóvenes mujeres originarias de un pequeño pueblo de Guatemala, donde muchos viven en casas hechas de bloques de concreto y sin agua corriente, rodeadas por pequeñas parcelas de maíz. Una de ellas, una mujer de 21 años con largo cabello negro había trabajado duro para obtener su diploma como maestra, con enormes gastos pagados por sus padres. Pero debido al disfuncional gobierno del país no pudo encontrar trabajo como educadora. Determinada a pagar a sus padres, estaba en camino para unirse con una de sus hermanas en un pueblo dedicado al empaque de carne en Minnesota.

Los más jóvenes en el tráiler eran dos primos de Guatemala, de trece y catorce años, quienes tenían familiares en Estados Unidos y habían convencido a sus padres de que sus futuros serían mejores si lograban asistir a la escuela en ese país. El mayor de los dos era un fanático de Lionel Messi y soñaba con jugar fútbol soccer profesional algún día, pero en el entretanto quería ganar lo suficiente para ayudar a su mamá a cuidar de su hermana y su hermano menores.

El mayor era un trabajador de la construcción de 55 años y originario de Morelos, México. Él había vivido en un pequeño pueblo en el oeste de Arkansas por más de dos décadas, justo fuera de un condado en donde los hispanos son cerca de la tercera parte de la población. Había viajado a México para visitar a su familia a pesar de los riesgos del peligroso viaje de regreso. Ahora iba de vuelta a su casa, donde lo esperaban su esposa, sus tres hijos y sus cuatro nietos.

Cerca de las puertas traseras del tráiler estaban un hermano y una hermana de algo más de 20 años y originarios de un suburbio de Antigua, la colonial excapital de Guatemala. El par se hacía cargo del cuidado de una chica adolescente con la que se habían topado en varias de las paradas de su viaje hacia el norte. La chica estaba ahora asustada y llorando, así que cuando los hermanos se sentaron la pusieron en medio de ellos y trataron de consolarla. Un exsoldado mexicano y su primo también estaban cuidando de un joven compañero de viaje, un chico de dieciocho años de la Ciudad de México cuya madre les había pedido que lo cuidaran.

Cerca estaba una mujer hondureña de 27 años que tenía unas 12 semanas de embarazo y que hacía lo posible para mantenerse cómoda. Esa mañana, llamó a su madre, quien ya vivía cerca de Los Ángeles, para decirle que había logrado cruzar a EE. UU. “Nos vemos pronto”, le dijo.

Como pudieron, se repartieron e hicieron espacio para otra persona. La temperatura era casi de 100 grados Fahrenheit afuera (unos 38 grados centígrados), y el aire dentro del tráiler era insoportablemente caliente. Momentos después, las puertas se cerraron y escucharon el inconfundible sonido de los cerrojos asegurando las puertas desde el exterior. En una oscuridad total, sintieron cómo el tráiler empezó a moverse justo antes de las 2 p. m. Si todo salía como estaba planeado, estarían en San Antonio en poco más de tres horas.

“Estados unidos falló”

Nada salió de acuerdo con lo planeado. La catástrofe que ocurrió ese día se convertiría en el desastre inmigratorio más mortal en la historia moderna de Estados Unidos. Cincuenta y tres pasajeros fallecieron, incluyendo a 26 mexicanos, 21 guatemaltecos y 6 hondureños. El incidente capturó brevemente los titulares de noticias a nivel internacional, pero este reportaje — con base en más de dos años de investigación— es el primer recuento completo del terrible evento, sus complejas causas y sus devastadoras consecuencias.

Para hacerlo, viajé a varios lugares de México y Guatemala, para pasar tiempo con 16 familias de las víctimas. Eventualmente, también pude entrevistar a un sobreviviente, cuya desgarradora historia proporciona un recuento de primera mano sobre una operación de tráfico humano con terribles resultados.

A nivel forense, había un poco de misterio sobre lo que ocurrió dentro del tráiler. Las preguntas más urgentes eran: ¿Por qué ocurrió esto? ¿Y quién fue responsable? Durante el juicio de dos de los traficantes en una corte federal en San Antonio, los jurados escucharon el testimonio de investigadores, agentes de la Patrulla Fronteriza, otros traficantes, y sobrevivientes, quienes revelaron la complicada operación interna de la organización traficante, el cartel que domina el lado mexicano del Río Grande, al sur de la ciudad de Laredo, y el formidable aparato de seguridad fronteriza en el lado estadounidense.

Acusados de conspiración para transportar inmigrantes indocumentados, lo que resultó en muerte, los acusados se enfrentaron a una montaña de evidencia incriminatoria. El abogado de la defensa — cuya larga barba de chivo, botas vaqueras de piel de lagarto y dramático estilo, contrastaba con el sobrio comportamiento y vestimenta de los fiscales— hizo varios intentos de acusar al gobierno de Estados Unidos de permitir que ocurriera el desastre. ¿Por qué el gobierno no desmanteló antes la red de traficantes? ¿Por qué los agentes permitieron que el tráiler cargado con más de sesenta personas pasara por los puestos de control de la Patrulla Fronteriza al norte de Laredo? “Estados Unidos falló”, dijo mientras contrainterrogaba a un agente de investigaciones del Departamento de Seguridad Nacional. “¿Estaría de acuerdo en que alguien cometió un error?”. El juez tuvo que recordar repetidamente al jurado que el juicio no era en contra del gobierno de Estados Unidos.

De hecho, tal y como el juicio lo reveló, una red de traficantes compuesta por personas comunes y corrientes, que a menudo eran imprudentes e incompetentes, había logrado burlar uno de los sistemas de vigilancia fronteriza mejor financiados y más sofisticados a nivel tecnológico en el mundo. Igual que con un sinnúmero de operaciones similares, los delincuentes se habían salido con la suya una y otra vez, teniendo más éxitos en sus operaciones que fracasos — hasta el día en que fracasaron de la manera más horrible.

Lo que ocurrió en el tráiler entre Laredo y San Antonio es la única parte excepcional en una narrativa que de otra forma sería un lugar común, y en los años desde el incidente, ningún progreso legislativo de importancia ha ocurrido para reducir los mortales peligros que los inmigrantes enfrentan en su camino hacia trabajos en Estados Unidos. Por el contrario, el Congreso ha continuado incrementando su presupuesto para muros y cercas, expansiones de puestos de control, tecnología de vigilancia, centros de detención y personal para agencias del orden público. Cada incremento en la militarización de la frontera aumenta el peligro para los inmigrantes, pero hay poca evidencia de que esto los desaliente a ellos o a los traficantes a largo plazo. El desastre fue el peor de su tipo, pero de ninguna forma fue el primero. Y, a menos de que algo cambie, no será el último.

Una misteriosa enfermedad

El viaje de Begaí y Mariano a la caja del tráiler inició en Tuxtepec, una bulliciosa ciudad localizada en los húmedos valles del este de Oaxaca, a unas cincuenta millas del Golfo de México. Habían crecido en Lázaro Cárdenas, una pequeña comunidad indígena chinanteca en las laderas de la Sierra Madre. Los hermanos y sus siete hermanos menores fueron criados en una casa construida con hojas de palma, cerca del ancho y tranquilo Río Usila, de donde sacaban el agua antes del amanecer y donde aprendieron a pescar con arpones para suplementar la escasa comida que su mamá ponía sobre la mesa. La familia subsistía principalmente de maíz y frijoles. No había calles que salieran del pueblo, solo un estrecho sendero de tierra por el que caminaban descalzos. Llegar al hospital requería un caro viaje en lancha a motor río abajo y a través del extenso lago Miguel Alemán. En cuanto tuvieron la edad suficiente para usar machetes, los hermanos se unieron a su padre y a sus tíos en los campos, talando árboles y excavando surcos con sus manos, regresando al final del día empapados en sudor, con las manos cubiertas de sangre debido a las espinas de los matorrales. 

Begaí, el mayor, dejó la escuela a los catorce años para ayudar a mantener a su familia. Dejó su casa por primera vez a los dieciséis años para trabajar en una plantación de caña de azúcar fuera de Tuxtepec, aproximadamente a una hora en lancha. Era un trabajo extremadamente agotador, pero su salario ayudó a que Mariano se convirtiera en el primer miembro de la familia en graduarse de la preparatoria.

Armado con su diploma, Mariano se fue a la Ciudad de México, pero sus esperanzas de ahorrar para el futuro y contribuir al bienestar de la familia pronto se vieron frustradas. El caos de la capital era desconcertante para Mariano, para quien el español era su segundo idioma (su familia hablaba en una variante de chinanteco) y nunca había estado lejos de casa. Estaba solo y el único trabajo que pudo encontrar fue en una pizzería en donde apenas podía ganar lo suficiente para pagar la renta. Después de unos años, regresó a Oaxaca con los bolsillos vacíos. Había puesto sus esperanzas en EE. UU., donde uno de sus tíos trabajaba en la construcción, era dueño de su propia casa y había sentado cabeza con una esposa estadounidense. Las metas de Mariano eran similarmente humildes: quería ahorrar suficiente dinero para construir una casa en México e iniciar una familia.

Alrededor de 2013, conoció a una mujer en un encuentro religioso en Tuxtepec, en donde él y Begaí tocaban la guitarra y cantaban en el grupo de alabanza. Luz Estrella Cuevas Remolino era devota, igual que Mariano, y le dijo que ella también tenía la esperanza de iniciar una familia. Pronto después de conocerse, él se fue a Estados Unidos, con dinero prestado de su tío para financiar el viaje, cruzó la frontera a pie por algún lugar del Desierto de Sonora, y eventualmente llegó a Atlanta. Mantuvo su contacto con Luz Estrella por teléfono, y la relación se tornó seria.

Después de tres años de trabajar como plomero seis días a la semana y de ahorrar casi cada centavo que no era destinado para su comida y su vivienda, Mariano se lastimó la mano en el trabajo. Estaba tan arruinado económicamente cuando partió a Estados Unidos que incluso tuvo que tomar prestado unos pantalones de uno de sus hermanos menores. Con el pago del seguro de compensación para trabajadores agregado a sus ahorros, Mariano no vio el punto de quedarse hasta sanar. Se apresuró para regresar a México para casarse con Luz Estrella.

En la boda, ella llevó un ramo de rosas blancas y lució un vestido blanco con un velo que arrastraba sobre el suelo tras ella. Él vistió un traje gris de tres botones, solapa metálica y una corbata de color rojo oscuro. Vivieron con los padres de ella en Tuxtepec mientras empezaban a construir una casa en una nueva subdivisión fuera del pueblo.

Begaí y tres de sus hermanos menores contribuían cuando podían y, después de casi un año, la casa estaba casi terminada. Pero el proyecto agotó los ahorros de Mariano, así que empezó a hacer algunos trabajos de construcción junto con Begaí. 

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Un autobús avanza hacia el norte desde Tuxtepec, donde Mariano y Begaí Santiago Hipólito vivieron con sus esposas e hijos antes de dirigirse a Estados Unidos.

Para entonces, Begaí también se había casado. Lo hizo con María Antonia Torres Morales, a quien todos conocían como Mari y era cuatro años mayor que él. Mari no estaba buscando una nueva relación cuando él apareció en su vida, pero le atrajo su honestidad y su deseo de empezar una familia. Cuando tenía poco más de 20 años, ella tuvo una hija con una pareja que la abandonó. Le preocupaba que Begaí fuera a enterarse sobre su hija y también la dejara, pero cuando ella se lo dijo, él prometió criar a la niña como si fuera su propia hija. Se casaron en 2014 y Mari dio a luz a un niño posteriormente en ese mismo año. Lo llamaron Jafet, el nombre de uno de los hijos de Noé.

Begaí disfrutaba de la vida en familia con Mari y sus dos hijos. Vivían con los padres de ella en una casa con un frondoso jardín, árboles de plátano, pollos, cerdos y un pequeño arroyo que corría al lado de la propiedad. Él y Mariano tenían amplios conocimientos de carpintería y plomería, y en ocasiones conseguían un contrato a largo plazo juntos y trabajaban seis días a la semana, ganando unos $20 dólares al día. Pero las temporadas sin trabajo eran frecuentes, y aceptaban cualquier cosa que pudieran encontrar.

Un día, en junio de 2022, habían terminado de cavar una fosa séptica, cuando Mariano le comunicó a Begaí una preocupante noticia: estaba tan quebrado que apenas podía poner comida sobre la mesa. Las finanzas de Mariano nunca se recuperaron después de que gastó todos sus ahorros para construir su casa. Con una hija de cuatro años y un hijo de dos años, ahora se enfrentaba al mismo estrés financiero que había plagado a sus padres y que él había estado tan determinado a evitar.

Para empeorar las cosas, Luz Estrella necesitaba una cara prueba de diagnóstico para determinar la causa de un extraño dolor en su pecho. No costaba mucho para los estándares de Estados Unidos (unos $350 dólares) pero era más de lo que Mariano podía pagar. Luz Estrella también estaba recibiendo tratamiento para una piedra en el riñón y le habían dicho que posiblemente necesitaría una operación para removerla, lo que podría costar hasta $1,400 dólares, o el equivalente de tres meses de salario completo. Mariano ya había pedido prestado a sus tres hermanos menores que estaban trabajando en maquiladoras en Ciudad Juárez. No vio otra opción más que ir al norte. “Me voy a regresar a Estados Unidos”, le dijo a Begaí, “quiero que vengas conmigo”. 

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Las sobrinas de Mariano y Begaí Santiago Hipólito corren por un camino de tierra al lado de su escuela primaria.

Junto a la fosa séptica, sudoroso y cubierto de tierra, Begaí se sintió enfermo de la preocupación. Le dijo a Mariano que no sabía nada sobre cómo llegar a la frontera ni de cómo pagar por un viaje como ese. Mariano le dijo que él se haría cargo de todo. Ya había hablado con un amigo que todavía estaba en Atlanta, y quien estaba de acuerdo con prestarles el dinero para pagarle a los traficantes y cubrir el exorbitante impuesto que el cártel cobraba por cada inmigrante en la frontera. Los únicos gastos iniciales serían los boletos de avión para Monterrey y los boletos de autobús para Nuevo Laredo, la ciudad fronteriza al sur de Laredo, del otro lado del Río Grande. “Solo será por dos años, y luego me regreso contigo”, dijo Mariano.

El primer instinto de Begaí fue decir no. Sus finanzas estaban relativamente seguras — la madre de Mari operaba un puesto de comida que era una segura fuente de ingresos cuando el trabajo de construcción estaba lento — así que no tenía una razón urgente para irse. ¿Qué pasaría si le ocurría algo? ¿Quién cuidaría de Mari y de los niños? Begaí le dijo a Mariano que necesitaba pensarlo, pero Mariano dijo que él se iría de cualquier forma. “Ya tengo la fecha”.

Begaí habló del tema con Mari unos días después, y ella le rogó que se quedara en casa. “Puedes caer en manos de gente mala, y te pueden hacer daño. ¿Yo qué voy a hacer? ¿Cómo me voy a quedar?”. Begaí argumentó que quería ahorrar dinero para construir una casa propia y ayudar a la hija de Mari, que actualmente tiene 16 años, a terminar su preparatoria. Mari se enojó. Jafet solo tenía ocho años, ella pensaba que no era un buen momento para que estuviera sin su papá. “Aquí tenemos todo lo que necesitamos”, le dijo.

Begaí confesó que se sentía obligado por la más simple de las razones: “Yo no quiero que mi hermano se vaya solo”.

Unos días después, Mari estaba en casa preparando la cena cuando Begaí regresó de prisa de su trabajo y empezó a empacar ropa en una mochila. “Ya me voy”, le dijo.

“¿No vas a comer?”, le preguntó.

“Ya no me da tiempo”, le respondió.

Aturdida, Mari y los niños lo siguieron a la puerta y por la polvorienta calle, rogándole que regresara, pero él no se detuvo.

Fila de traficantes

Esa noche, Begaí y Mariano abordaron un vuelo a Monterrey. La comprensión de Begaí sobre el remolino al que estaba entrando era tan desconocida como la oscuridad que contemplaba por las ventanas del avión. No sabía que se precipitaba hacia una de las peores regiones sin ley en México, donde una poderosa organización criminal ejercía un control casi total, ni que un ejército de agentes de la Patrulla Fronteriza respaldado por helicópteros, drones, cámaras de imagen térmica y perros entrenados para detectar olores, los esperaban al otro lado del Río Grande.

Esa noche, Begaí y Mariano abordaron un vuelo a Monterrey. La comprensión de Begaí sobre el remolino al que estaba entrando era tan desconocida como la oscuridad que contemplaba por las ventanas del avión. No sabía que se precipitaba hacia una de las peores regiones sin ley en México, donde una poderosa organización criminal ejercía un control casi total, ni que un ejército de agentes de la Patrulla Fronteriza respaldado por helicópteros, drones, cámaras de imagen térmica y perros entrenados para detectar olores, los esperaban al otro lado del Río Grande.

El Cártel del Noreste tiene sus orígenes en Los Zetas, un grupo paramilitar fundado por exsoldados de las fuerzas especiales mexicanas. Los Zetas empezaron como un brazo armado del Cártel del Golfo antes de que sus líderes crearan uno propio, y con esto iniciaron una de las organizaciones criminales más brutales de la historia de México. Aproximadamente a partir de 2012, una serie de arrestos y asesinatos de líderes de Los Zeta desató una violenta guerra por el poder dentro de la organización. El Cártel del Noreste era uno de los varios grupos que se formó a partir de los fragmentos. Para 2022, dominaba el territorio a lo largo de la frontera en tres estados de la República Mexicana. Nuevo Laredo, la ciudad de casi medio millón de personas a donde Begaí y Mariano se dirigían, era la base para sus operaciones de tráfico de droga y de personas.

De la misma forma en que la Prohibición dio pie al auge del comercio ilegal de licor e incrementó el poder de las organizaciones de la mafia que lo controlaban, la guerra de Estados Unidos en contra de las drogas, lanzada en 1971 por el Presidente Richard Nixon, ayudó a crear las condiciones para que los cárteles de la droga prosperaran. Hoy en día, esos mismos cárteles y las organizaciones de tráfico humano que operan en sus territorios, están generando enormes ganancias debido a una prohibición casi total de inmigración a través de la frontera de casi 1,900 millas (más de 3,000 km) entre Estados Unidos y México. Las personas han burlado la frontera por generaciones, pero transportarlas nunca había sido tan lucrativo. A principios de la década de los 90, los guías, conocidos como coyotes, cobraban tan poco como $20 dólares para ayudar a un inmigrante a cruzar a pie. El auge del tráfico inició a principios de enero de 1994, cuando el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés) entró en vigor, inundando México con baratos productos agrícolas estadounidenses producidos a nivel industrial. Obligados por las circunstancias a abandonar sus propios mercados, los agricultores mexicanos empezaron a emigrar a Estados Unidos en cifras sin precedentes. Posteriormente, ese mismo año, una devaluación del peso arrojó la economía mexicana a una caída libre — el desempleo casi se duplicó y masas de trabajadores industriales se sumaron a los agricultores en los viajes hacia el norte.

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Un centro comercial outlet en el Río Grande, en el centro de Laredo, Texas, visto desde la orilla del lado mexicano del río. Los migrantes cruzan regularmente el Río Grande en Laredo rumbo a destinos más al interior.

El comercio libre no significaba libertad de movimiento para las personas y el Presidente Bill Clinton trató de reducir el flujo de trabajadores indocumentados al ordenar la primera gran militarización de la frontera sur de Estados Unidos. Una nueva estrategia conocida como “prevención mediante la disuasión”, que debutó el mismo año que el NAFTA y que involucraba el uso de cercas, puestos de control fronterizo, patrulleros armados y otras medidas para empujar a los inmigrantes lejos de las zonas comunes de cruce urbano y enviándolos hacia terrenos hostiles. La idea era que los inmigrantes entonces decidirían que no valía la pena enfrentar el riesgo y la incomodidad de tratar de cruzar un hostil estrecho de la frontera (por ejemplo, las escabrosas montañas y los candentes desiertos de Arizona) para llegar a la recompensa. Pero los inmigrantes siguieron intentando y el número de detenciones en la frontera sur de Estados Unidos siguió aumentando cada año, de 1 millón en 1994 a casi 1.7 millones en el año 2000. 

El presupuesto de la Patrulla Fronteriza en 1993, el año antes de que la política de prevención mediante la disuasión entrara en vigor, era de $363 millones. Tres décadas después, este presupuesto ha aumentado a más de $7,000 millones de dólares. Durante el mismo periodo, el número de agentes de la Patrulla Fronteriza en la frontera sur aumentó de menos de 4,000 a cerca de 20,000. Sin embargo, ninguna cantidad de militarización en la frontera ha resultado en una reducción a largo plazo en el flujo de inmigrantes. Los arquitectos de la política y aquellos que continúan presionando por un incremento en la militarización bajo cada sucesivo gobierno, demócrata y republicano, han repetidamente subestimado la determinación de los inmigrantes y la creatividad de los traficantes, quienes han encontrado formas de burlar todo lo que la Patrulla Fronteriza pone en su camino.

Mientras tanto, la mano de obra inmigrante continúa siendo una parte vital de la economía estadounidense. El resultado es un perverso sistema en el que los trabajadores inmigrantes determinados a mantener a sus familias continúan viniendo al norte, y las industrias y los pequeños negocios en todo el país siguen dependiendo de ellos. En lugar de reconocer esa realidad y aprobar leyes para atenderla — como expandir el número de visas para trabajadores temporales para sectores que ya emplean grandes números de trabajadores indocumentados — el Congreso continúa invirtiendo dinero en un complejo industrial fronterizo y en la maquinaria de deportaciones.

Desde 2003, Estados Unidos ha gastado unos $400,000 millones de dólares en las agencias involucradas en la aplicación de las leyes inmigratorias — más que todas las otras agencias del orden público federales combinadas. Los principales beneficiarios de este crecimiento incluyen a los contratistas para defensa que se beneficiaron de las eternas guerras en Irak y Afganistán. Lockheed Martin, Northrop Grumman y General Dynamics, entre otros, han gastado decenas de millones de dólares en el cabildeo y contribuciones a campañas para ambos partidos políticos.

Bajo la actual administración de Donald Trump, el gasto para la aplicación de las leyes de inmigración se ha disparado y el número de tropas en la frontera sur casi se ha triplicado.

Y mientras que los cruces no autorizados de la frontera han disminuido significativamente desde el pico de Diciembre de 2023 — un hecho proclamado a viva voz por los funcionarios de Trump — es poco probable que la intensificación en la vigilancia sea la causa principal. Más de dos tercios de la reducción ocurrieron el año anterior a la toma de posesión de Trump, lo que parece haber sido provocado principalmente por una reducción en la demanda de mano de obra en Estados Unidos y cambios en la política para refugiados en los puntos de entrada oficiales.

Para cuando Mariano y Begaí hicieron su viaje, los días de los cruces por $20 dólares ya eran historia — los inmigrantes estaban pagando un promedio de entre $6,000 y $10,000 dólares, con algunos traficantes cobrando más de $20,000 dólares.

El efecto disuasivo del aumento en la militarización es difícil de medir, pero una cosa es indiscutible: ha agregado capas de complejidad y riesgo, lo que ha hecho que el servicio de los traficantes sea de mayor valor. Un resultado es que el tráfico humano ahora compite con el tráfico de drogas en cuanto a ganancias. Otro resultado es que miles de inmigrantes han muerto tratando cruces más peligrosos y la frontera sur de Estados Unidos se ha convertido en el epicentro de la ruta inmigratoria por tierra más peligrosa del mundo. La Patrulla Fronteriza ha reportado más de 10,500 muertes de inmigrantes en la frontera desde 1994, pero la cifra real es probablemente mucho más alta. Tomando en cuenta a los inmigrantes que mueren en el lado de México y a los muchos que desaparecen y nunca son encontrados, algunos grupos de derechos humanos creen que ese número puede ser hasta 10 veces mayor.

Para cuando Mariano y Begaí hicieron su viaje, los días de los cruces por $20 dólares ya eran historia — los inmigrantes estaban pagando un promedio de entre $6,000 y $10,000 dólares, con algunos traficantes cobrando más de $20,000 dólares. Estas ganancias se distribuyen entre las redes que se extienden por todo Centro y Sudamérica y en todo el mundo, divididas entre reclutadores, choferes de todo tipo, beneficiarios de sobornos, falsificadores de documentos, operadores de casas de seguridad, propietarios de hoteles, guías o coyotes, y, claro, los cárteles. En 1997, la Organización Internacional para las Migraciones de la ONU indicó que la industria de tráfico de inmigrantes a nivel mundial era de $7,000 millones de dólares. Para 2021, el Centro de Análisis Operacionales del Departamento de Seguridad Nacional estimó que el tráfico humano por la frontera sur de Estados Unidos por sí solo estaba generando entre $2,000 y $6,000 millones de dólares al año.

Los cárteles que controlan el territorio a lo largo de la frontera no necesitan involucrarse en las logísticas de mover a las personas desde su punto de origen y por todo el territorio mexicano. Ellos dejan ese trabajo a organizaciones más pequeñas que tienen conexiones locales y que operan como contratistas independientes. El Cártel del Noreste simplemente se queda en Nuevo Laredo como un trol debajo del puente, extorsionando dinero de cada inmigrante que se aparece con el plan de cruzar hacia el norte. Cuando Mariano y Begaí llegaron a finales de junio de 2022, la tarifa del impuesto para mexicanos — conocida como “piso” en español y pagada directamente al cártel en efectivo o por transferencia bancaria — era de unos $2,000 dólares. Las personas que llegan de más lejos tienen que pagar más.

El cártel tiene cero tolerancia para los freelancers. Los vigilantes siguen de cerca a todos los que entran y salen de la ciudad, y todos los inmigrantes que llegan de una estación de autobuses fuera de la ciudad deben tener un código para probar que están enlazados con la maquinaria de tráfico y que están en buenos términos con el cártel. Los códigos son palabras simples —Diablo, Ferrari, Demon — que ayudan a los traficantes a dar seguimiento a sus clientes y que el cártel usa para mantener un conteo detallado de los traficantes. En ocasiones, los traficantes también dan a los migrantes brazaletes de colores o playeras iguales. Pasear por las calles sin un código, y ni se diga cruzar el río, puede resultar en un secuestro, una paliza o en la muerte.

Mariano había mantenido a su traficante informado sobre los detalles del viaje, enviando fotografías de sus tarjetas mexicanas de identificación, boletos de autobús, números del autobús, y actualizándolo conforme viajaban de Oaxaca hasta Nuevo Laredo. Los traficantes enviaron las fotos a su contacto en el cártel y un mensaje de texto a Mariano con su código personal — 050 Flaco — que necesitarían dar a los vigilantes del cártel en cada parada. Mariano escribió el código en tinta roja en un pedazo de una hoja de un cuaderno a rayas, junto con el nombre del hotel en donde el traficante le había indicado quedarse.

Tan pronto como los hermanos llegaron a la estación de autobuses en Nuevo Laredo, un vigilante del cártel se acercó y le pidió su código. Una vez que salieron, tomaron un taxi al Hotel Calderón, un edificio de cinco pisos a unos trescientos metros del Río Grande. Era obvio que este no era un hotel normal. Begaí y Mariano se sorprendieron de la inmundicia y de las actitudes desinteresadas del personal. Había una mesa cerca de la recepción llena de pertenencias dejadas por previos migrantes que habían pasado por ahí — ropa, zapatos, mochilas. Tenían la orden de su traficante de no salir más que para comprar comida y, en ese caso, de regresar inmediatamente. Los hermanos registraron su llegada y se instalaron en un cuarto con un colchón delgado sobre una base de aluminio y barras de metal en las ventanas. En un punto, un hombre mayor toco a su puerta y les dijo que tenía miedo. Los tres hombres rezaron juntos. “Anímese”, le dijo Mariano. “Todo va a salir bien”.

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Hotel Calderón, cerca del Río Grande en el centro de Nuevo Laredo, donde se alojaron los migrantes involucrados en el desastre de Quintana Road en su camino a Estados Unidos.

El cártel otorgaba a cada organización de traficantes autorizada el acceso a un segmento de la ribera, cada uno de estos segmentos clasificado de acuerdo con el código. Los guías locales en el lado mexicano se comunicaban con los vigilantes en el lado estadounidense quienes monitorizaban los movimientos de la Patrulla Fronteriza. Amplias secciones de la ribera estaban sin desarrollo, cubiertas con palmas y densa vegetación que ofrecían un escondite justo a la orilla del agua. En la noche del 21 de junio, Mariano y Begaí siguieron al guía hasta el río para su primer intento de cruzar.

El guía preguntó a todos en el grupo compuesto por cerca de una docena de personas si sabían nadar. A pesar de que el nivel era lo suficientemente bajo como para caminar por el agua, el Río Grande tiene peligrosas corrientes y agujeros profundos que causaron la muerte por ahogamiento de 172 migrantes solo en 2022, de acuerdo con datos de la Patrulla Fronteriza para ese año. Los hermanos, habiendo crecido cerca del Río Usila, dijeron que eran buenos nadadores. “Cada uno tiene que ayudar a los que no saben nadar”, dijo el guía.

Cruzaron sin incidentes, arrastrándose en el lado estadounidense hacia un espacio que olía a ganado y que le pareció a Begaí ser un corral para animales. Apenas tuvo tiempo para mirar a su alrededor cuando la luz de reflectores inundó el área, cegando su vista. Escuchó gritos y casi echó a correr, pero Mariano lo detuvo. “Ya te vieron. Ya no hay que correr”, dijo. 

Los agentes esposaron a los hermanos y los subieron a una camioneta junto con cerca de otros veinte, luego los fotografiaron y escanearon sus huellas dactilares usando un dispositivo móvil. Cerca de la una de la mañana, la Patrulla Fronteriza los dejó en uno de los puentes internacionales de Laredo y los observó caminar de regreso a México. Empapados y exhaustos, encontraron a unos cuantos hombres de apariencia sospechosa en el otro lado del río que les preguntaron por su código. Tomaron un taxi de vuelta al Hotel Calderón.

Menos de 24 horas después, hicieron un segundo intento. Nuevamente fueron aprehendidos y dejados en el puente. Un tercer intento también fue frustrado. La experiencia es típica —cerca del 60 por ciento de todas las detenciones en la frontera ese año fue de personas que volvieron a intentar el cruce. Fallar es tan rutinario que los traficantes garantizan múltiples intentos sin cobrar una cuota extra. En el cuarto intento, los hermanos exitosamente burlaron a la Patrulla Fronteriza y lograron llegar al encuentro con el chofer designado quien los llevó a una casa de seguridad de un solo cuarto, donde esperaron por el camión que los llevaría a San Antonio.

Evadir a los perros

050 Flaco — el código que Mariano y Begaí habían usado — estaba relacionado con dos traficantes: Felipe Orduña Torres, quien vivía en San Antonio, y José Martínez Olvera, cuya base estaba en Houston. De los dos, era Orduña Torres el que mantenía contacto directo con el cártel. Ambos eran mexicanos indocumentados que habían estado en el negocio de tráfico de personas por años. Estaban al frente de operaciones separadas, pero habían formado una asociación en 2019 para capitalizar en una táctica que la Patrulla Fronteriza califica como tráfico a gran escala, es decir, mover grandes cantidades de personas en vehículos comerciales, normalmente tráileres. 

El tráfico a gran escala surgió primero como respuesta al explosivo crecimiento del tráfico de camiones de carga entre México y Estados Unidos con la entrada en vigor del NAFTA. Se convirtió en una opción más atractiva cuando el cambio de la manufactura de China a México — que empezó a ganar auge en alrededor de 2012 — causó un incremento sin precedentes en el tráfico fronterizo. Laredo es el puerto terrestre más ocupado de Estados Unidos, y registró más de 5.5 millones de cruces de camiones en 2022. Cada día de ese año, los camiones transportaron alrededor de $800 millones de dólares en productos agrícolas y manufacturados a través del Río Grande, y unos 6,000 de ellos pasaron por un mismo puesto de control que se encuentra en la autopista Interestatal 35, a unas 30 millas al norte de la frontera. La Patrulla Fronteriza la llama Puesto de Control 29, o C29. Para los traficantes, este es el punto más estrecho en el cuello de botella. Mezclarse con los otros grandes transportes es la mejor forma de pasar.

Tan intimidante como era, el viaje en tráiler a través de los puestos de control fronterizo al norte de Laredo se promocionaba a los inmigrantes como una opción más segura y cómoda que la de ir a pie a través del desierto por las zonas menos pobladas. El calor es la principal causa de muerte entre los inmigrantes en la frontera sur de Estados Unidos, en donde cerca de 900 personas indocumentadas murieron debido a la exposición al calor extremo entre 2018 y 2022; durante ese mismo periodo, menos de 200 perdieron la vida en incidentes relacionados con vehículos. Los inmigrantes pagan cuotas mucho más caras por un viaje que incluye un lugar en un tráiler una vez que llegan al lado estadounidense, lo que los traficantes llaman la opción VIP.

C29 ha estado en operación desde 2006 y cuenta con quince acres (6 hectáreas), con un centro de detención en el lugar, una zona de inspección secundaria y máquinas de rayos X que permiten a los oficiales detectar si hay seres humanos escondidos dentro de tráileres cerrados. A pesar del tamaño del puesto de control, desde hace mucho tiempo el volumen de tráfico ha sobrepasado su capacidad. En 2022, solo había dos carriles dedicados para camiones de carga, lo que significaba largas filas de camiones con remolque hacia el sur de la autopista I-35, demorando el flujo comercial e incrementando el riesgo de accidentes. Mientras peor es el tráfico en el puesto de control, mejores son las condiciones para los traficantes, quienes mantienen una vigilancia en la actividad de camiones comerciales y programan sus movimientos para llegar al puesto de control cuando está atascado y cuando los agentes, bajo presión, permiten que el tráfico fluya.

Traficantes como Martínez Olvera y Orduña Torres se hacen cargo de falsificar convincentes manifiestos de embarque, los documentos que describen los contenidos de los tráileres. Si hay una amenaza que les preocupa más que cualquier otra, son los perros detectores de olores. Los traficantes usan detergentes, café y sazonadores de carne para tratar de ocultar el olor de los pasajeros escondidos, pero es casi imposible engañar a los perros. La única manera segura de evitarlos es pasar inadvertidos cuando los humanos que los controlan están ocupados en otro lugar. Normalmente había de seis a ocho perros en C29, pero solo dos trabajando en un momento dado — uno cubriendo tres carriles de automóviles de pasajeros y otro para los dos carriles de camiones de carga. Debido al riesgo de agotamiento y de los efectos del calor, cada perro trabajaba turnos de 40 minutos, seguidos por 80 minutos de descanso. Saturados de trabajo y rebasados por los números de vehículos, seguían siendo un obstáculo formidable. De las 16 cargas en tráileres que Martínez Olvera y Orduña Torres habían tratado de mover desde noviembre de 2021, seis habían sido detenidas por los perros. Nunca era una pérdida total para los traficantes: tendrían que remplazar el camión y el tráiler, y tendrían que encontrar a otro chofer, pero a diferencia de una detención de drogas, la valiosa carga no se confisca de forma permanente. Los inmigrantes detenidos — que normalmente pagan la segunda parte de la cuota al llegar a sus destinos finales — estarían de vuelta en México en cuestión de horas y listos para volverlo a intentar. 

Una noche en vela alimentada de metanfetamina

Para cuandolos hermanos llegaron a la casa de seguridad, Martínez Olvera y Orduña Torres ya habían movido exitosamente a más de mil personas en tráileres a través de los puestos de control fronterizo al norte de Laredo. Habían subcontratado a personas para librar la mayoría de los peligros, y supervisaban un equipo de subordinados que asumía los riesgos directos del tráfico, a menudo trabajadores con salarios bajos atraídos por la oportunidad de ganar dinero extra.

El hombre del que dependían para mantener la flotilla de camiones y tráileres, que estacionaban en un lote de almacenamiento rodeado por pequeños ranchos y terrenos baldíos al este de San Antonio, era un inmigrante indocumentado mexicano de 48 años llamado Juan D’Luna Bilbao. Él había estado viviendo en Texas por más de una década después de quedarse por más tiempo del permitido por su visa de trabajador temporal, y trabajaba como mecánico en un taller local. Había llegado al negocio del tráfico de personas más o menos por accidente, después de que un amigo le encontró un trabajo extra para reparar el vehículo personal de Martínez Olvera.

Durante los días de las operaciones para el tráfico de personas, Martínez Olvera y Orduña Torres a menudo asignaban a D’Luna Bilbao con el movimiento de un semitráiler desde el lote de almacenamiento hacia una de las dos paradas de camiones en la intersección de las autopistas I-35 e I-410, al sureste de San Antonio, a la vista de una bodega de Amazon y una concesionaria de Toyota. Posteriormente, cuando el camión regresaba de Laredo, D’Luna Bilbao iba a recogerlo. Por cada operación exitosa, los traficantes le pagaban $500 dólares.  

D’Luna Bilbao tenía una gran preocupación sobre el tráiler que estaba preparando esa mañana: la unidad de refrigeración no estaba funcionando bien.

Alrededor de las cinco de la mañana del 27 de junio de 2022, sonó el teléfono de D’Luna Bilbao. Martínez Olvera quería que llevara un tractor rojo jalando un tráiler blanco de 53 pies (16 metros) de largo a unas de las usuales paradas de camiones. “El conductor ya está en camino”, le dijo Martínez Olvera. D’Luna Bilbao manejó el lote de almacenamiento, donde realizó los chequeos normales de mantenimiento y espolvoreó sazonador para carnes dentro del tráiler. Luego tomó las fotos de los números de identificación del camión y del tráiler que sus patrones necesitaban para falsificar el manifiesto de embarque.

D’Luna Bilbao tenía una gran preocupación sobre el tráiler que estaba preparando esa mañana: la unidad de refrigeración no estaba funcionando bien. Había comprado el tráiler para la organización seis meses antes por cerca de $8,000 dólares y había tenido problemas con este desde el principio. Sin importar lo que intentara, la unidad no enfriaba. Este era un problema por dos razones: la primera era que el conocimiento de embarque especificaba la configuración de la temperatura para el tráiler, y una discrepancia entre los documentos y la temperatura podría ser una señal de alarma en el puesto de control. El año anterior, la Patrulla Fronteriza había detenido cuatro de las cargas de la organización, en parte, por discrepancias en la temperatura. Pero el problema más grande era el mes de junio en el sur de Texas, y sin una unidad de refrigeración en funcionamiento, los pasajeros en el tráiler estarían en gran peligro.

D’Luna Bilbao le había estado advirtiendo a Martínez Olvera sobre el averiado compresor por meses, diciendo que no tenía las partes ni el conocimiento para arreglarlo. Justo tres días antes, el 24 de junio, le envió un mensaje de texto a Martínez Olvera con un video de la defectuosa unidad. El jefe le dijo que conseguiría a alguien que lo revisara, pero nunca lo hizo. Se le había dicho a D’Luna Bilbao que no cuestionara las órdenes, así que a pesar de sus preocupaciones entregó el tráiler en la parada de camiones ubicada en la tienda Love’s al suroeste de la ciudad en donde llenó el tanque con diésel y se fue caminando.

Minutos después, una aporreada camioneta Chevy Tahoe llegó, y un hombre en una playera de golf con rayas blancas salió del asiento del pasajero y subió al tráiler. Este era Homero Zamorano, quien había sido asignado para mover la carga de inmigrantes que estaba en Laredo ese día.

El conductor de la Tahoe, un hombre de más de 600 libras (270 kilos) de peso llamado Christian Martínez, había estado trabajando para Martínez Olvera y Orduña Torres desde marzo del año pasado. El rol principal de Martínez era encontrar y contratar a conductores con licencia comercial que fueran ciudadanos estadounidenses o residentes permanentes, ya que debían poder pasar por los puestos de control interiores de la Patrulla Fronteriza. Algo muy importante era que tenían que estar dispuestos a tomar el riesgo de ser arrestados con una carga de inmigrantes, lo que podría significar una larga sentencia en prisión. Para cada operación, Martínez enviaba a uno de los choferes a la parada de camiones designada, donde un tráiler vacío esperaba. Luego manejaba las comunicaciones entre el chofer y sus jefes a lo largo de la jornada. (Martínez Olvera y Orduña Torres no confiaban en los conductores y preferían no comunicarse con ellos directamente). 

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Love’s Travel Stop, al suroeste de San Antonio, donde los contrabandistas a menudo cargaban combustible y transferían los camiones que utilizaban para transportar migrantes hacia el norte desde Laredo.

Temprano esa mañana, Martínez había recogido a Zamorano cerca de Palestine, un pequeño pueblo ubicado a unas 300 millas (482 km) de San Antonio, en Piney Woods, en el este de Texas. Cuando llegó encontró a Zamorano fumando metanfetamina con su novia. No había nada de raro en eso. Ambos hombres usaban estimulantes para mantenerse despiertos durante los viajes de noche. Martínez prefería la cocaína. Zamorano era la tercera persona reclutada por Martínez y este era su cuarto viaje como socios. 

El aire dentro del tráiler ya era sofocante, pero Begaí y Mariano, y los otros, habían sido advertidos de guardar silencio, ya que incluso el sonido más tenue podía advertir a los agentes de la Patrulla Fronteriza.

Martínez, quién se crio en Palestine, sufre de profundas discapacidades cognitivas y nunca aprendió a leer. Debido a su peso, Zamorano le llamaba Gordito. Antes de relacionarse con los traficantes, lo más cerca que Martínez tuvo a un empleo estable, fue un trabajo con su primo vendiendo helados. A menudo estaba sin casa, viviendo en su Tahoe. De pronto, estaba ganando cantidades de dinero que nunca antes había visto. Cada vez que un chofer llegaba con éxito a San Antonio con una carga de inmigrantes, los traficantes pagaban a Martínez $5,000 dólares. En menos de cuatro meses había ganado $35,000 dólares.

Las cosas no habían salido muy bien para los choferes que había contratado. El primero fue un amigo de la infancia de Palestine. En su tercer viaje, fue capturado en un puesto de control de la Patrulla Fronteriza con 107 inmigrantes en su tráiler. El segundo chofer contratado por Martínez también había sido detenido en su tercer viaje. Por ahora, la suerte de Zamorano parecía estar estable.

“Aquí nos mataron”

Cerca de las 11 a.m.,Zamorano había completado el viaje a Laredo, se había estacionado en una parada de camiones al norte del pueblo y ahí esperaba instrucciones. Como regla, los choferes no recibían información hasta el último momento posible. En lugar de enviarlos directamente a las casas de seguridad — lo que podría llamar la atención y dar información a los choferes que podrían revelar a las autoridades si eran detenidos — la organización tenía a personas en el lugar que reunían a los inmigrantes en otro vehículo y los movían al sitio en donde serían subidos al tráiler. 

Justo antes de la una de la tarde, Zamorano recibió un pin de localización en Google Maps enviado por Martínez y dirigiéndolo a una calle lateral frente a una bodega de suministros de acero en un área industrial al este de la ciudad. Cuando llegó ahí, encontró un camión de caja blanca, lleno, como sabía, con los inmigrantes que llevaría a San Antonio. Nervioso y agotado por su noche en vela alimentada de metanfetamina, Zamorano batalló para dar la vuelta al tráiler y colocarlo justo contra el estrecho espacio en donde el camión de caja blanca esperaba, flanqueado en un lado por una cerca de malla ciclónica bordeada por mesquites. Cuando finalmente paró, los hombres que estaban en la calle abrieron rápidamente los compartimentos de ambos vehículos. A unos 50 metros, fluía la corriente del tráfico sobre la autopista. Cualquier transeúnte hubiera visto solo sombras sobre la grava mientras más de sesenta personas se movían entre dos camiones que no tenían nada de especial. El proceso de carga tomó alrededor de diez minutos.

Aproximadamente una hora después de salir, Zamorano salió de la autopista y hacia el cobertizo del C29. El aire dentro del tráiler ya era sofocante, pero Begaí y Mariano, y los otros, habían sido advertidos de guardar silencio, ya que incluso el sonido más tenue podía advertir a los agentes de la Patrulla Fronteriza. Mientras Zamorana esperaba en la fila para el puesto de control, sintieron las vibraciones de los motores de otros camiones y el rechinido de los frenos de aire. Cuando el camión paró brevemente, escucharon al chofer hablar con alguien afuera.

No había ningún perro trabajando en el carril de Zamorano cuando fue su turno de hablar con un agente. Portando una gorra negra con la palabra “H-Town”, Zamorano sonreía mientras se asomaba por la ventanilla del camión. De acuerdo con los documentos falsificados, Zamorano estaba cargando trece toneladas de arándanos azules y la temperatura del tráiler tenía que estar por debajo de los 66 grados Fahrenheit (19 grados centígrados). El agente hizo una señal con la mano para que el tráiler avanzara sin antes revisar el control de la temperatura, y Zamorano pasó para continuar rumbo a San Antonio.

Conforme el camión continuó hacia el norte, el calor dentro del tráiler se intensificaba. Sin ventilación y con el calor de los cuerpos de 64 personas sudando a galones, es posible que la temperatura haya subido a más de 140 grados Fahrenheit (60 grados centígrados). La compostura de los inmigrantes pronto se rompió.

Mariano y Begaí escucharon los desesperados llantos en la oscuridad, en todo su alrededor. Sus ojos ardían, la piel les picaba por el sazonador que D’Luna Bilbao había espolvoreado.

Las personas empezaron a moverse y a caer uno sobre los otros mientras trataban de encontrar una entrada de aire, pero dentro del contenedor sellado solo estaban generando más calor y agotando el preciado oxígeno. En un punto, Mariano se puso de pie y empezó a resbalarse sobre el suelo cubierto de sudor. Begaí lo alcanzó y trató de hacer que se volviera a sentar. “No te levantes, quédate quieto”, pero Mariano se le resbalaba con el sudor. El hermano menor llegó al frente, donde con sus puños golpeó las paredes del tráiler, desesperado para tratar de captar la atención del chofer. De alguna manera, encontró el camino de regreso al lado de Begaí. “No me escuchó”, dijo.

De hecho, Zamorano había escuchado ruidos dentro del tráiler. Alrededor de las 3:20 p. m., llamó a Martínez para decirle que su teléfono se había quedado sin batería y que había parado para comprar un cargador. Hizo por lo menos dos paradas más, diciéndole a Martínez en cada ocasión que había tenido que parar porque había escuchado gritos y golpes en las paredes del tráiler. Trató de reiniciar la unidad de refrigeración que estaba montada sobre el exterior del tráiler, pero sin saberlo empeoró las cosas — la unidad empezó a soplar aire caliente.

Mariano apretó la mano de Begaí. “Ya no puedo, me duele mucho el pecho”, dijo.

Los inmigrantes escucharon a Zamorano mover cosas en el exterior y sintieron una ráfaga de aire caliente. “¡Ya casi llegamos!”, gritó. En un punto, también escucharon a alguien moviendo los cerrojos de las puertas traseras, pero las puertas permanecieron cerradas.

Cerca de las 5:30 p. m., Zamorano se encontró con una camioneta pickup en la autopista I-35 que lo guiaría al sitio designado de entrega en la calle Quintana Road, en el sur de San Antonio. Llamó a Martínez nuevamente, agitado. “Están gritando y golpeando muy fuerte”, dijo. Le preguntó qué debía hacer. Unos minutos después, Martínez volvió a llamar con un mensaje de los patrones: “Lo que se hizo ya se hizo. No vuelvas a parar”.

Adentro, los inmigrantes estaban desesperados. Algunos arañaron las paredes y arrancaron pedazos del aislamiento de espuma amarilla, en un inútil esfuerzo por alcanzar el aire fresco. Un grupo de mujeres en medio del tráiler formó un grupo de oración, sus voces se levantaban por encima de los estruendos. Alguien que logró llevar un teléfono escondido a bordo hizo una llamada desesperada, pidiendo a la persona al otro lado de la línea que los rescatara. Un hombre rogaba por agua para su moribunda esposa. El hermano y la hermana que habían puesto a la pequeña chica en medio de ellos trataban de consolarla, el hermano abanicándola con su Biblia de bolsillo. Una mujer que había desobedecido las órdenes de los traficantes de no regalar su agua compartió sus últimas gotas con ellos. 

Uno por uno, empezaron a morir.

Al momento en que la deshidratación extrema apareció, dejaron de sudar, sus pieles estaban calientes al tacto. El agotamiento de electrolitos puede dar pie a una serie de síntomas: calambres musculares, inflamación cerebral, náusea, pérdida de coordinación, delirio y convulsiones. Después, conforme las temperaturas corporales rebasaron los 105 grados Fahrenheit (40.5 grados centígrados), sus células empezaron a morir y los órganos empezaron a fallar. Sus momentos finales antes de perder el conocimiento fueron agonizantes.

Mariano apretó la mano de Begaí. “Ya no puedo, me duele mucho el pecho”, dijo. Begaí sentía como si estuviera sumergido bajo el agua, como si cada difícil inhalación fuera un breve asomo a la superficie. “Aquí nos mataron”, le dijo a Mariano. Su boca y sus extremidades se torcían de forma involuntaria. “No vinimos a morir aquí”, Begaí repetía una y otra vez.

“Aguanta hermano”, le dijo Mariano.

La última cosa que Begaí recuerda escuchar de Mariano fue una oración: “Dios mío, mira mi corazón, mira mi corazón. Mira mi alma”.

Una sombra enorme apareció sobre Begaí. Ya no estaba en el tráiler rodeado de los muertos, sino que estaba solo, debajo de un cielo abierto sobre una vasta planicie. Sintió una inmensa presencia escuchándolo y ofreció su propia oración: “Padre mío, dame una oportunidad, solo una oportunidad”. No hubo respuesta.

Alcanzó a escuchar el inconfundible ruido de un tren que venía de algún lugar cercano.

Un bolsillo lleno de tarjetas de oración 

El tramo lleno de bachesde Quintana Road que pasa hacia el norte desde la I-410 y corre de forma paralela a las vías férreas de Union Pacific Railroad, era conocido por la policía local y los traficantes como una zona para dejar basura y carros robados. Sus bordes estaban cubiertos por densa vegetación y números pintados con pintura en espray sobre cercas averiadas marcadas identificando depósitos de chatarra y de artículos para construcción. 

Estacionado en el punto de entrega y todavía sentado en la cabina del tractor rojo, Zamorano miraba por el espejo lateral mientras los varios conductores que habían llegado a recoger a los grupos de inmigrantes se reunían en la parte posterior del tráiler. Uno de ellos abrió las puertas del tráiler, pero en lugar del usual tumulto — formado por los conductores gritando códigos y separando a sus respectivos clientes — todos corrieron de vuelta a sus vehículos y se fueron de prisa.

Zamorano tenía órdenes estrictas de nunca salir de la cabina durante el proceso de carga y descarga. Invadido por el pánico, llamó a Martínez, quien le dijo que fuera a mirar dentro del tráiler. Con Martínez todavía en la línea, Zamorano bajó de la cabina y caminó hacia atrás. “Hay cuerpos apilados”, dijo, y luego colgó.

Con sus manos temblando, Martínez llamó a uno de los lugartenientes de Martínez Olvera y le preguntó qué debían hacer. “Ve a recogerlo”, fue la respuesta.

Cuando Martínez llegó unos minutos después, notó a una niña adolescente cerca del tráiler sollozando, su playera negra empapada en sudor colgando de su piel. Unos cuantos hombres que Martínez no reconoció parecían estar ayudándola. Cuando no vio señales de Zamorano — quien ya había dejado de responder a su teléfono y a los mensajes de texto — Martínez huyó de la escena.

Roberto Quintero trabajaba en una compañía de asfalto cercana al lugar, y cuando escucharon los gritos él y algunos compañeros de trabajo habían subido a un camión de la compañía para dirigirse a Quintana Road. Fue entonces cuando encontraron a la niña tambaleándose cerca del tráiler. Cuando Quintero se acercó al tráiler, justo antes de las 6 p. m., vio los cuerpos apilados adentro, sus rostros hinchados y sus labios azules. Algunos parecían haberse arrancado la ropa. Ninguno de ellos se movía. Horrorizado, llamó al 911. 

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La policía y otros socorristas trabajan en la escena donde 53 personas murieron y muchas otras sufrieron enfermedades relacionadas con el calor después de que se encontró un camión con remolque que contenía migrantes el 27 de junio de 2022 en San Antonio. AP Photo/Eric Gay, File.

“Hay un tráiler de 18 ruedas con unas 20 personas muertas atrás”, dijo Quintero al operador, los gritos de la niña se escuchaban en el fondo. “Hay más de 20 personas”, dijo tartamudeando. “¡Hay 50 personas!” Mientras él y sus compañeros de trabajo le daban agua a la niña, notaron a un hombre con una gorra negra y una playera de golf a rallas que se escapaba corriendo por un lado del camión. La niña le dijo a Quintero que había visto a ese mismo hombre salir del lado del conductor de la cabina del tráiler. Algunos de los trabajadores de asfalto trataron de alcanzarlo, pero no pudieron.

Había una estación de bomberos a menos de una milla (1.4 km) de distancia y los equipos médicos de emergencia llegaron en unos cuantos minutos. Cuando se acercaron al tráiler, recibieron la brutal patada del nauseabundo olor a sudor y heces mezclado con el olor de sazonadores de cocina. Un grupo de cuerpos estaba cerca de las puertas traseras, las extremidades flácidas colgando sobre la orilla. El personal de las ambulancias arrastró los cuerpos por sus brazos y piernas, y los colocaron sobre el suelo de tierra al lado de la calle. Desde dentro del tráiler empezaron a escuchar gemidos y a personas tratando de tomar bocanadas de aire. “¡Hay uno vivo aquí!”, gritó alguien.

Dieciséis sobrevivientes fueron llevados de prisa a hospitales locales, cinco de ellos fallecieron más tarde. Después de que el tráiler fue vaciado, 48 personas yacían muertas debajo de carpas amarillas, incluyendo a dos que los oficiales de policía encontraron a varios metros del tráiler. Preocupados de que hubiera más víctimas regadas en el área, el personal de emergencia cuidadosamente revisó ambos lados de Quintana Road. Pronto encontraron a un hombre aparentemente inconsciente, tirado sobre la vegetación al lado de las vías férreas, con una gorra negra que decía “H-Town” y un teléfono Samsung Galaxy tirado junto a él. Primero asumieron que era una de las víctimas. Pero cuando uno de los policías levantó el teléfono, la pantalla no asegurada reveló un mensaje de texto en inglés, que había llegado solo unos minutos antes: “¿dónde estás carnal?”. El mensaje venía de un contacto identificado como Gordito.

Zamorano reaccionó con sorpresa cuando el personal de emergencia vertió un cubo de agua helada sobre él. La policía rápidamente determinó que coincidía con la descripción que los trabajadores de asfalto habían dado sobre el conductor, y lo detuvieron. Diagnosticado con intoxicación por anfetaminas y deshidratación, pasó la noche en el hospital bajo supervisión de la policía.

Esa tarde, D’Luna Bilbao escuchó lo que había pasado a través de uno de los socios de Martínez Olvera, mientras esperaba en el lote de almacenamiento para recibir la orden para ir a recoger el tráiler. El registro del tráiler llevó a la policía directamente a su casa. Paralizado por el miedo, él estaba ahí esa noche cuando la policía llegó a arrestarlo.

Martínez, estaba demasiado alterado para manejar, se había refugiado en un hotel de la cadena La Quinta Inn en las afueras de San Antonio. No sabía que la policía había visto su mensaje de texto y había descubierto que él era Gordito, pero una vez que vio la fotografía de arresto de Zamorano esa noche, no tuvo duda de que lo encontrarían. Regresó a Palestine el día siguiente, donde visitó a su madre y a su hermana, consumió lo que le quedaba de cocaína, y esperó que los policías llegaran. Los policías lo arrestaron en la mañana del 29 de junio.

La escala del desastre abrumó la capacidad de la Oficina del Forense del Condado de Bexar. Bajo los reflectores de los vehículos de emergencia, cinco patólogos forenses trabajaron durante la noche para procesar los cuerpos. Revisaron los bolsillos de las víctimas, el interior del tráiler, y las áreas aledañas en busca de documentos de identificación. Los agentes del Departamento de Seguridad Nacional identificaron a algunos con un escáner móvil para huellas dactilares. Nuevamente, como si fueran carga, los inmigrantes fueron subidos a la parte posterior de grandes vehículos y llevados — esta vez a la morgue.

Con la ayuda de refuerzos de Dallas y Austin, los funcionarios del Condado de Bexar tomaron cinco días para completar las autopsias. La causa principal de muerte fue la hipertermia —básicamente sobrecalentamiento — pero el forense determinó que también pudieron haber sufrido asfixia al ser sofocados, aplastados por el peso de otros cuerpos, o simplemente incapaces de sobrevivir dentro del aire sin oxígeno.

Los oficiales cuidadosamente recopilaron y fotografiaron los objetos personales que los difuntos tenían en sus bolsillos, lo que no era mucho. La mayoría no tenía más que algunas monedas, y algunos viajaban sin nada de dinero. En total, el grupo tenía menos de $2,500 dólares. La mujer guatemalteca que aspiraba a ser maestra y una de sus acompañantes tenían tarjetas mexicanas de identificación falsas para facilitar su tránsito por ese país, en donde es sabido que los oportunistas toman ventaja de los inmigrantes centroamericanos. Un adolescente de la Ciudad de México llevaba tres desgastadas tarjetas de oraciones. Uno de los hombres que había prometido a la madre del niño que cuidaría de él, también llevaba tarjetas con oraciones; él sobrevivió lo suficiente como para caminar a varios metros del tráiler antes de colapsarse. La mujer hondureña embarazada falleció con dos pruebas de embarazo en su bolsillo.

Un fornido hombre tenía un pedazo de papel arrugado y mojado de sudor en uno de sus bolsillos, con algunas notas en rojo, que incluían el nombre del hotel en Nuevo Laredo y el código de los traficantes: 050 Flaco.
 La identificación del hombre indicaba que tenía 32 años y que venía de Oaxaca. Su nombre era Mariano. Su hermano Begaí yacía inconsciente, pero vivo, en un hospital al otro lado de la ciudad.

El número real de víctimas

Las noticias sobre el desastre se esparcieron por toda la frontera sur. Familias de todo México y Centroamérica miraban la cobertura en los canales locales y leían detenidamente las publicaciones en redes sociales, preguntándose si un ser querido podría estar debajo de las carpas en Quintana Road. Tomaría días para que las familias de las víctimas fueran notificadas, y varias semanas más para repatriar los cuerpos. Sumergidos en las deudas en las que habían incurrido para pagar a los traficantes, algunas familias tuvieron que pedir prestado aún más para pagar los funerales. En algunos lugares — como en el pequeño pueblo en Guatemala en el que crecieron los dos pasajeros más jóvenes — comunidades enteras salieron de sus casas para acompañar a los ataúdes hasta el cementerio.

A pesar de que el forense del Condado de Bexar había concluido que la causa principal de la muerte era hipertermia, la forma de la muerte fue homicidio. La investigación cayó sobre la autoridad de la Fuerza de Trabajo Conjunta Alpha, un esfuerzo de varias agencias lanzado por el Procurador General Merrick Garland en 2021 para “mejorar los esfuerzos de cumplimiento con la ley de Estados Unidos en contra de los grupos más prolíficos y peligrosos de trata y tráfico humano”. Choferes de siete organizaciones estaban ya detrás de las rejas, incluyendo a Zamorano, y los teléfonos celulares confiscados a D’Luna Bilbao, Martínez y Zamorano contenían enormes cantidades de información relacionada con las actividades de la organización, pero tomaría todavía alrededor de un año para que las autoridades detectaran a los líderes. 

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La casa que Felipe Orduña Torres alquilaba con su esposa e hija cerca de la Base Aérea Lackland, al sur de San Antonio, a unos diez minutos en coche del lugar del desastre en Quintana Road. Orduña Torres fue arrestado aquí el 26 de junio de 2023.

El 26 de junio de 2023, oficiales federales del orden público allanaron la casa de alquiler de Orduña Torres, ubicada en un modesto vecindario cercano a la Base de la Fuerza Aérea Lackland, a unos diez minutos de la escena del crimen en Quintana Road. Encontraron una camioneta Cadillac Escalade 2015 color perla, y una Ford F-350 modelo 2017, verde limón con rines de cromo personalizados y un kit para elevación tan grande que la hacía parecer casi una “Monster Truck”. Orduña Torres, que en ese entonces tenía 28 años, vivía ahí con su esposa y su hija. El interior estaba recién pintado, y en el patio trasero había instalado una pequeña piscina, pasto sintético y un patio cubierto. El gobierno valúo las mejoras en $41,000 dólares y concluyó que las había financiado con sus ingresos provenientes del tráfico. Ese mismo día, agentes federales arrestaron a otros tres hombres asociados con la organización, incluyendo al suegro de Orduña Torres. (Martínez Olvera logró evadir el arresto de alguna forma, probablemente fugándose a México).

“Los traficantes de personas se aprovechan de la esperanza de los migrantes de lograr una mejor vida, pero su única prioridad son las ganancias”, dijo Garland en un comunicado de prensa anunciando los arrestos. En la casa de Orduña Torres, los agentes encontraron una porción de esas ganancias — $30,000 dólares en efectivo guardados en el fondo de una caja de cereal Special K y colocada arriba de un refrigerador, y otros $29,444 dólares en varios escondites, incluyendo la cajonera de su hija.

De acuerdo con el gobierno, Orduña Torres había estado involucrado en entre 24 y 48 operaciones de tráfico humano durante un periodo de dos años antes del desastre, lo que significa que sus viajes de tráfico a gran escala con Martínez Olvera eran solo parte de su negocio. En total, el gobierno estima que Orduña Torres ganó entre $96,000 y $240,000 dólares en un periodo de dos años. La estimación más baja pondría a su familia un poco por arriba del ingreso medio para los grupos familiares de San Antonio. La cifra más alta lo pondría dentro de la clase media, pero lejos del tipo de riqueza que significa el estatus de capo en México, mucho menos en Estados Unidos.

De las siete personas arrestadas, todas, menos dos — Orduña Torres y su suegro que tuvo un rol menor — se declararían culpables a los cargos de tráfico humano. En marzo pasado, casi tres años después del desastre, Orduña Torres fue llevado a un juzgado de techos altos y paredes forradas con paneles de madera en el nuevo edificio de tribunales federales en San Antonio. Incluso con los grilletes, era visible la pronunciada cojera que le ganó el apodo con el que todos los otros traficantes lo conocían, “Chuequito”. Vestía traje y corbata, con su cabello peinado con gel y en puntas. Había bajado tanto peso para entonces, que D’Luna Bilbao, quien tomó el estrado a principios del juicio, casi no lo reconoció.

Dos sobrevivientes testificaron. El primero, Greysy Sanjay Bacajol, quien consolaba a la asustada niña que ella y su hermano habían conocido en camino hacia la frontera. El hermano de Greysy, Oswaldo también sobrevivió, al igual que la niña cuyo nombre era Sebastiana Morales Morales. Fueron sus gritos los que llamaron la atención de los trabajadores de asfalto.

El otro sobreviviente que testificó fue José Luis Vásquez Guzmán, el exsoldado mexicano que estaba cuidando al chico adolescente. El chico, Marcos Antonio Velasco Velasco, se dirigía a un trabajo en Ohio que originalmente había sido ofrecido a su madre, pero le rogó que lo dejara ir a él en su nombre. Marcos Antonio murió, al igual que el primo del soldado, Javier Flores López. Cuando los fiscales mostraron la foto de su primo en la pantalla del tribunal, Vásquez Guzmán lloró por varios minutos. Algunos de los jurados lloraron también.

Martínez Olvera sigue prófugo, al igual que legiones de otros que son parte de la descentralizada economía del tráfico —operadores de casas de seguridad, guías, vigilantes, auxiliares del cártel y choferes de varios tipos.

Juan D’Luna Bilbao, Christian Martínez, y otro traficante acusado en el caso, dieron detallados testimonios sobre la forma en que la organización planeaba y realizaba sus operaciones de tráfico a gran escala. Los investigadores federales tomaron el estrado para revisar los montones de mensajes de texto, comunicaciones por WhatsApp, fotos e información de seguimiento que conectaban a Orduña Torres con varias operaciones de tráfico a gran escala, incluyendo el fatal viaje del 27 de junio de 2022.

Antes de enviar al jurado a deliberar, el juez les recordó sobre la mujer embarazada de Honduras que había muerto. El verdadero número de víctimas mortales, dijo, era 54.

El jurado encontró a los dos hombres culpables de todos los cargos, y el juez posteriormente los sentenció a cadena perpetua. Poco después de que los oficiales estadounidenses se llevaran al par de hombres esposados, funcionarios federales de alto rango dieron una conferencia de prensa para anunciar el veredicto. “Hoy es un día trascendental para la inagotable batalla del Departamento [de Justicia] en contra de los líderes, organizadores y principales facilitadores de las redes de tráfico humano”, dijo Matthew Galeotti, recientemente designado por Trump como el jefe de la División Criminal del Departamento de Justicia. “No hemos acabado — ni de lejos”.

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Marcador casero de Mariano Santiago Hipólito en el monumento a los migrantes en Quintana Road en el sur de San Antonio.

Recientemente el gobierno federal se embarcó en más gastos monumentales para los esfuerzos de control inmigratorio. En julio, el Congreso le dio a Trump la cantidad sin precedentes de $190,000 millones de dólares para expandir el Departamento de Seguridad Nacional, efectivamente duplicando el presupuesto de la agencia en los siguientes varios años. Más de $80,000 millones de dólares han sido asignados para la frontera, incluyendo más de $50,000 millones de dólares para la construcción del muro e infraestructura fronteriza. El financiamiento ya ha sido asignado para la expansión que convertirá al C29 en el puesto de control fronterizo más grande del país.

Entre tanto, Martínez Olvera sigue prófugo, al igual que legiones de otros que son parte de la descentralizada economía del tráfico — operadores de casas de seguridad, guías, vigilantes, auxiliares del cártel y choferes de varios tipos. Mientras haya dinero que pueda generarse transportando a personas a través de fronteras, hay pocas probabilidades de que los rangos disminuyan.

¿Ya viste a mi hermano?

A Mari le tomómás de una semana llegar al lado de la cama de su esposo. Un representante de la Secretaría de Relaciones Exteriores en México le informó que era elegible para recibir un permiso especial para visitar a Begaí en el hospital, pero primero tenía que llegar a Ciudad Juárez, en el otro lado de la frontera de El Paso. No podía pagar el boleto de avión, pero un hombre para el que Begaí había trabajado años antes, se puso en contacto con ella y ofreció financiar su viaje.

Alguien del consulado en El Paso estaba esperándola cuando aterrizó en Ciudad Juárez y la llevó al Puente de las Américas, donde caminó por encima del canal de seco concreto del Río Grande, pasando filas de carros esperando, y hacia la estación del Servicio de Aduanas y Protección Fronteriza de EE. UU. Explicó su situación al agente, quien le pidió llenar un formulario, tomó su fotografía, y le dijo que podía quedarse en Estados Unidos por 30 días. Cuando la dejó pasar, le dijo, “Dios la bendiga, señora”.

Viajó por el oeste de Texas en autobús durante la noche, preocupada durante todo su trayecto hacia San Antonio sobre lo que encontraría al llegar ahí: cómo reaccionaría Begaí cuando la viera, y si podría ella mantenerse fuerte.

Begaí la miró. “Perdóname”, fue la primera palabra que le dijo a Mari. “Porque no te escuché”.

Amós, uno de los hermanos de Begaí, quien trabajaba en una maquiladora en Ciudad Juárez, también había obtenido un permiso especial para cruzar y estaba en la estación de autobuses para recibir a Mari cuando llegó a San Antonio el 5 de julio. Otro representante consular los llevó al Hospital Christus Santa Rosa, en donde una enfermera los actualizó sobre la condición de Begaí mientras caminaban a su habitación. Para entonces, él llevaba nueve días en el hospital. La enfermera les dijo que Begaí estaba inconsciente cuando la ambulancia lo llevó a la sala de emergencias, y el personal pensaba que probablemente moriría. Sus órganos se habían marchitado, como fruta seca, y había tenido dos infartos cerebrales. Pero eventualmente, después de unos tres días en coma, despertó. Desorientado y con un debilitante dolor a lo largo de su columna vertebral, no recordaba haber salido de Laredo. “Lo primero que pidió fue una Biblia”, dijo la enfermera.

En el corredor, Mari escuchó la voz de Begaí antes de verlo, y reconoció las palabras inmediatamente: “El que habita al abrigo del Altísimo descansará a la sombra del Todopoderoso”. Begaí estaba recitando el Salmo 91:1, que ambos sabían de memoria. Ella secó las lágrimas de sus mejillas y, por un momento, escuchó. Recuperando la compostura, entró al cuarto en donde vio a Begaí, con su cabeza cubierta de vendas. Había una intricada red de cables y tubos conectados a sus extremidades y a máquinas parpadeantes y bolsas con líquidos. Su cara estaba pálida y triste, y miró a Mari con una mirada que parecía haber envejecido muchos años. “Alguien vino a verte”, dijo la enfermera. “¿Sabes quién es?”

Begaí la miró. “Perdóname”, fue la primera palabra que le dijo a Mari. “Porque no te escuché”.

No le tomó mucho darse cuenta de que la memoria de corto plazo de Begaí estaba muy dañada. Perdía el hilo de las conversaciones y olvidaba cosas que ella le acababa de decir. Pero la laguna en su memoria sobre el 27 de junio y su confusión sobre lo que había pasado ese día era lo que más le preocupaba. De alguna forma, Begaí creía que Mariano nunca se había subido al tráiler. “Está bien mi hermano, ¿verdad?”, le preguntaba. “¿Verdad que mi hermano se regresó (a México)? ¿Cómo está? ¿Ya lo viste?”

Al principio no encontraba el valor para decirle la verdad. Evitaba las preguntas y lo motivaba a que se enfocara en mejorar, pero le atormentaba no decirle la verdad. Cuando finalmente le dijo, Begaí gritó con tanta agonía, que a Mari le pareció que algo se estaba rompiendo dentro de él.

Bajo cuidado constante, Begaí mejoró poco a poco. El 12 de julio, el doctor lo dio de alta con una receta de opioides para el dolor y otra para antibióticos. Ese día, un agente del Departamento de Seguridad Nacional le hizo firmar a Begaí un formulario indicando que había sido arrestado y que estaba en el proceso de deportación, pero que se le liberaba en espera de su comparecencia frente a un juez de inmigración tres meses después en Atlanta, donde tenía planeado ir a trabajar.

El documento y todo el proceso era confuso para Begaí, quien estaba físicamente débil y cognitivamente afectado, y se le tenía que cuidar como si fuera un niño pequeño. Después, recibió un permiso temporal de trabajo del gobierno federal y un abogado de inmigración le ayudó a solicitar una Visa U — una categoría especial para víctimas de delitos que ocurren en suelo estadounidense y que fue creada en el año 2000 para motivar a las personas indocumentadas a cooperar con investigaciones policiales. Pero el abogado le dijo que la aprobación podría tardar hasta seis años y, en el entretanto, su estatus inmigratorio era incierto.

Mari viajó con él a un suburbio de Atlanta, en donde se quedaron con su tía y su tío. Durante esas primeras semanas, Begaí sufrió de dolor de espalda severo y en ocasiones se perdía cuando trataba de encontrar el baño. Mari lo llevaba a una clínica cercana en donde un doctor que hablaba español ofrecía servicios a bajo costo. Le ponía una pomada en su espalda y lo consolaba cuando despertaba desorientado en medio de la noche. Ella escribió una carta solicitando una extensión de su permiso provisional humanitario y la envió a la oficina del Servicio de Aduanas y Protección Fronteriza en Atlanta junto con una carta de respaldo del doctor de Begaí. Su solicitud fue denegada. Se apresuró a regresar a casa cuando su permiso de treinta días venció.

A Begaí le tomó ocho meses recuperar la fuerza para poder trabajar nuevamente. Le ayudaba a su tío con trabajos de plomería y en ocasiones hacía algunos trabajos de piso de mosaico que conseguía con un hombre que había conocido en la iglesia. Primero, solo podía trabajar unas cuantas horas antes de necesitar un descanso. Trabajando uno o dos días a la semana, no podía mandar mucho dinero a Mari, lo cual incrementaba su desesperación. 

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Pioquinto Santiago (izquierda) y Elodia Hipólito (derecha), padres de Mariano y Begaí Santiago Hipólito, en la casa familiar con la hermana de los hermanos, Nancy Santiago Hipólito.

Mientras tanto, la salud de la esposa de Mariano, Luz Estrella, se había deteriorado rápidamente. A pesar de que Mariano había decidido irse a Estados Unidos para pagar los gastos médicos de su esposa, en realidad sus ganancias no hubieran hecho una gran diferencia. Unos tres meses después de que Mariano murió, ella fue diagnosticada con cáncer de mama. Para pagar sus tratamientos, la familia recaudó unos $1,000 dólares vendiendo tamales en el vecindario, deshaciéndose de la motocicleta de Mariano y reuniendo los pocos ahorros que tenían. Pero el cáncer se propagó, llegando a sus huesos.

Antes de que la enfermedad invadiera su cuerpo, Luz Estrella decidió preservar un recuerdo para ella y para sus hijos. Vistió a su hija de cinco años, Jade, con un vestido rosa bordado y a su hijo de tres años, Mariano, con una camisa a cuadros con botones. Ella se puso un vestido color lavanda, peinó su largo cabello hacia atrás y posó con sus hijos frente a ella y colocó sus manos sobre sus hombros. Los niños, con sus pequeñas manos sostenían las de ella, quien mostraba una sonrisa. La foto ahora está en la pared de la cocina de su madre, junto a una foto de Mariano junto a Luz Estrella el día de su boda. Ella falleció el 31 de julio de 2023.  

El purgatorio estadounidense

Durante el año anterior, todos los 11 sobrevivientes del desastre seguían viviendo en Estados Unidos, pero sus paraderos exactos eran desconocidos. Encontré unas cuantas organizaciones sin fines de lucro y un bufete de abogados que ayudaron a algunos de ellos, pero todos se negaron a ayudarme a concertar una entrevista. Durante mi viaje de investigación a México y a Guatemala, logré hablar con algunos familiares de cinco sobrevivientes. En ese momento, ninguno estuvo dispuesto a ponerme en contacto directo con sus seres queridos. Aun así, yo tenía la esperanza. Solo los sobrevivientes podían describir los horrores de ese día y la dificultad de sanar en el país extranjero al que casi les había costado la vida tratar de llegar — y su estatus legal sigue incierto.

A lo largo de los meses, me mantuve en contacto con muchas de las familias a las que conocí, y durante el juicio hice un grupo de WhatsApp para actualizarlas sobre lo que estaba ocurriendo en el tribunal. Mari era parte de ese grupo, junto con la madre de Begaí y dos de sus hermanos, y ellos le pasaban mis mensajes a él. Luego, unos días después de que el juicio terminó, mi teléfono sonó. Era Begaí.

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Cristina Ramírez, sentada en el centro a la izquierda, y Oslidio López, sentado en el centro a la derecha, los padres de Deisy Fermina López Ramírez, de 24 años, quien murió en el incidente de Quintana Road, fotografiados con sus hijos sobrevivientes en su casa en Comitancillo, Guatemala.

En un cálido día de abril pasado, nos reunimos en un parque público cerca de su casa, que estaba ocupado con personas disfrutando días de campo y caminando con sus perros. Begaí vestía pantalones vaqueros, una playera gris y zapatos de agujetas. Era reservado y hablaba con una voz tan baja que era casi difícil de escuchar sobre el bullicio del tráfico cercano y de los niños en el jardín de juegos. Le pregunté si tenía miedo de ser deportado. “¿Por qué voy a tener miedo?”, dijo. “De cierta forma, sería una bendición”.

Casi tres años después de despedirse de su esposa y sus hijos, Begaí sigue viviendo en Estados Unidos, solo y consumido por la pena. Sufre de dolor crónico atrás de su pulmón derecho y se cansa rápidamente con el trabajo pesado y la exposición al calor. Cuando Mari habla con él por teléfono, nota que en ocasiones se le olvida de lo que estaban hablando solo unos minutos antes. Con el tiempo, ha recuperado algunos de sus recuerdos sobre el 27 de junio, pero la memoria de los días previos y posteriores siguen siendo algo vagas.

Begaí trabaja ahora en un camión de comida, diez horas al día, seis días a la semana. Finalmente, está ganando suficiente para mejorar las finanzas de su familia, pero el dolor de estar separado de su esposa y de sus hijos lo ha llevado a un punto de quiebre. Su incapacidad de consolar y apoyar a los hijos de Mariano es una fuente constante de angustia. “Lo que más quiero es darles un abrazo”, me dijo. Begaí sigue confundido sobre su estatus inmigratorio. A más de la mitad del posible periodo de espera para la decisión de su Visa U, no hay señales de que las cosas estén progresando y no sabe dónde pedir información sobre su caso, o si hacerlo es una buena idea. A pesar de lo que dice sobre el posible aspecto positivo de la deportación, entiende que ser arrestado no significaría ser dejado en el puente y caminar de vuelta a México — probablemente significaría un largo periodo de detención en una prisión privada en Estados Unidos. 

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Delfina Bacajol, madre de Oswaldo Sanjay Bacajol y Greisy Sanjay Bacajol, hermanos que sobrevivieron al incidente del tractocamión de San Antonio en junio de 2022, en su casa en Xenacoj, Guatemala.

Cuando estaba cerca de la muerte, Begaí rezó por una oportunidad de vivir, pero terminó en una especie de purgatorio. Frente a la espera de una visa que podría no llegar nunca, está al borde de darse por vencido. Si regresa a Lázaro Cárdenas a visitar a sus padres algún día, tomará el puente peatonal a través del Río Usila y pasará bajo el arco de árboles. Nuevas casas de concreto, la mayoría de ellas construidas con dinero de remesas de inmigrantes que trabajan en el extranjero, agrega ahora un toque de novedad a los que regresan.

Dentro de la casa de sus padres, llena del bullicio de sus propios hijos y varios jóvenes sobrinos, y el olor a humo de leña desde la cocina de su madre, Mariano será una presencia inquietante. Begaí verá los versos de la Biblia que su hermano pintó en las paredes, con una letra nítida y colorida. En la habitación sin ventanas, donde su madre duerme en un colchón sobre el piso, Mariano cubrió toda una pared con el Salmo 103. Las letras están ahora borrosas, pero todavía son legibles. Una línea puede parecer más enigmática después de la travesía de Begaí: “El Señor hace justicia y derecho a todos los oprimidos”. La noción de justicia divina puede ofrecer algo de consuelo a Begaí, pero es posible que tenga que esperar un largo tiempo por una reparación del gobierno de EE. UU., si es que llega.

El reportaje para esta historia fue apoyado por la organización periodística sin fines de lucro Economic Hardship Reporting Project.

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